por Fernando Bellino

Juan Manuel Inchauspe tuvo la persistencia y minuciosidad del artesano, la conciencia del maestro y una entrega total a la tarea. Construyó un modo de calibrar la mirada desde su escritura. El poeta santafesino nos dejó una palabra hecha de encantos y ardientes preguntas que quieren ser compartidas. Y apenas dos libros publicados al morir en 1991. Esta nota busca acercar trazos sobre su obra y, sobre todo, alentar al antiguo contacto de la lectura con una poesía hecha de conmover.
Un poema es hermoso porque crea hechos extraordinarios que necesitan del poema para existir en algún lado, escribió el poeta chileno Vicente Huidobro. En este sentido se orientan los textos de Inchauspe: hay una preocupación, unas preguntas persistentes, hondas, cruciales sobre lo humano. Una especie de marea que permea alternadamente la mirada de/desde/en la poesía que habla de sí misma, de su propia imposibilidad. En definitiva, las preguntas sobre el vínculo, sobre la comunicación posible, sobre la comunicación verdadera. Dice Inchauspe en una entrevista:
“Trabajar en el poema así como descubrir hundido en la tierra un cacharro muy antiguo y uno empieza a desenterrarlo, sacándole la tierra de adentro y de los costados, procurando que no se resquebraje, que no se rompa, que no se pierda”.
Una visión desde la poesía como herramienta, también como método de conocimiento. Desde esa perspectiva, es un “yo poético” en primera persona y en permanente estado de alerta. Es una conciencia, alguien que reconoce el caos y sabe que va a tientas, pero va: convencido y abierto apostando tanto al recorrido como al resultado. Alguien donde algo arde y quiere ser compartido.
El argentino Edgar Bayley, coetáneo de Inchauspe hablaba en su ensayo “Estado de alerta y Estado de inocencia” sobre el trabajo de poetas, de afirmación y construcción también de una sensibilidad. Esta sensibilidad echada a andar al servicio de algo mayor a uno, deviene en lo que el entrerriano Juanele Ortiz nombraba como vigílico. Le dice el entrevistador: Una vez usted Juan se definió como un «vigílico», alguien que está en vigilia, que está alerta. Y responde: Yo me refería a dos estados: de vigilia y de lo otro, que aparece como oponente pero que no lo es, el sueño. El poeta es un descubridor que pone en función todas sus potencialidades intelectuales pero en una tensión muy especial, en la que esa misma razón -que es patrimonio de todos- está como diríamos «ardiendo» y en otra dimensión que va más allá de la razón. La poesía es vigilia en cuanto es descubrimiento de cierta zona a la que no puede acceder el conocimiento común o racional.
El triangulo que conforman la poesía de Inchauspe, las ideas de Juanele y el ensayo de Bayley no me han abandonado durante estos últimos 25, 30 años, al contrario se han seguido puliendo entre sí, como placas tectónicas moviéndose. En este mismo sentido las palabras del propio Juan Manuel:
“La preocupación por lograr una sintaxis poética rigurosa, legítima, porque la poesía, como el cine, como la pintura, es un lenguaje propio en sí mismo, permite decir cosas que sólo de esa forma, en esa forma, pueden ser dichas; yo pienso que en la poesía la palabra tiende a desarrollar toda su capacidad y energía: en la poesía, el lenguaje es forma, gesto y color. De esta manera, el lenguaje permite registrar los cambios y expresar cosas que no pueden de otra manera, y permite hacerlo con absoluta libertad. Lo que yo pretendo con el poema es poder alcanzar ese estado inefable de libertad…”.

Poemas Completos. Libro editado por la Universidad Nacional
del Litoral. 2010, con sus traducciones. obra poética, entrevistas.
Juan Manuel Inchauspe nació en Santa Fe en 1940, y en esa misma ciudad en la que vivió casi toda su vida, nos dejó físicamente en 1991. La obra que publicó en vida se resume en dos libros: Poemas 1964-1975 (1977) y Trabajo nocturno (Universidad Nacional del Litoral, 1985). Más cuatro poemas publicados en la revista Alto Aire (Rosario, 1965). Y por supuesto sus trabajos de traducción, notas y entrevistas. Después de su muerte, se sumarían otras ediciones que recopilaran esos títulos y algunos poemas que formaban parte de su material inédito o publicado en revistas. También realizó traducciones para revistas desde el portugués de los poetas brasileros Manuel Bandeira y Carlos Drummond de Andrade.
Las palabras y las ideas viajan
Allá por 1998 dos amigos poetas entre otros oficios que ejercíamos en esos años, José Duimovich de Alta Gracia y Javier Almeida en el patio de casa, me leen textos de Inchauspe. Tuve que salir a ver qué libros, entrevistas y qué más había de él. Conseguí sus pocos libros editados y visité dos hemerotecas de mi ciudad. Conservo notas fotocopiadas del Diario La Capital de Rosario en los días posteriores a su muerte. Fotocopias arrugadas que atravesaron mudanzas, con palabras hermosas de sus amigas poetas Estela Figueroa y Marylin Contardi. Esas notas fueron insumo para esta nota y para estos últimos 25 años, más todo lo venidero.
Esto es una de las buenas cosas que tiene este yeite de la literatura. Allí, en esa nota le dice Estela Figueroa: “Nos encontraremos donde se encuentran los muertos, en los labios de los vivos”. Hay algo de pudor en contarles esto, pero desde que leí esas palabras, cada tanto, cuando toca con personas queridas decir algo o “dar el pésame” como comúnmente lo nombramos, recurro a estas palabras evocadoras, piadosas, asombrosas: otro modo de la muerte, las memorias, las companías.
La poesía de Inchauspe tiene una permanente búsqueda de diálogo; en cualquiera de sus formas. Es también una poesía de los sentidos, parte de lo pequeño. Es clara, sensorial y cercana. Se desarrolla en una escenografía cotidiana: cualquier casa con patio. Y carga con mucha fuerza en sus indagaciones. Luego de leer su poesía, queda la firme sensación de aquello que decía el pensador y poeta Antonio Porchia: “Cuando digo lo que digo, es porque me ha vencido lo que digo”.
Algunos poemas
Imagen del Caracol
«Estar un poco con uno mismo» dijiste.
Sí, alejados del estruendo y las
inútiles utilidades
de cada día.
Sustraídos, por un momento
secreto y luminoso
a ese orden que siempre toma más de lo que da.
II
«Estar un poco con uno mismo» —dijiste.
Sí, lo sé, sustraídos a ese orden
que siempre toma más de lo que da
alejados por el estaño del estruendo
y las utilidades del día
a los momentos secretos luminosos.
A veces es necesario
un movimiento de repliegue
para ocupar
un lugar que siempre está vacío y descuidado.
Estas cosas oscuras
Escucha callada: nadie exactamente puede comprender esto.
Nadie podría comprender este brillo extraño: esta bondad y
este odio circulando alternadamente en la expresión de unos días
caídos en el invierno.
Deja a los otros la posible claridad de lo nuestro y penetra para
bien o para mal el alto caserón de esta nueva noche.
El invierno -confío- morirá dentro de algún tiempo.
Descansa ahora. yo me quedaré en medio de la playa aceptando
estos magníficos cangrejos nostálgicos que suelta el crepúsculo.
(Publicados en la revista Alto Aire-1965-) De su primer libro: “Poemas, 1964-1975*1977”
***
Suave es caer en la habitación
cuando hemos dejado atrás
esa acumulación crujiente de horas
quemadas para vivir.
Suave es la presencia de los muebles
la inclinación de tu cabeza sobre el libro
Suave el fondo de mar de tus ojos.
Y más suave la hora en que- ya cansado
pero terriblemente libre- enciendo
la lámpara que apagaré muy tarde.
mayo, 1966.
***
He tratado de reunir pacientemente
algunas palabras. De abrazar en el aire
aquello que escapa de mí
a morir entre los dientes del caos.
Por eso no pidan palabras seguras
no pidan tibias y envolventes vainas llevando
en la noche la promesa de una tierra sin páramos.
Hemos vivido entre las cosas que el frío enmudece.
Conocemos esa mudez. Y para quién
se acerque a estos lugares hay un chasquido
de látigo en la noche
y un lomo de caballo que resiste.
1966
Aquí un poema leído:
Imperdible, la entrevista aludida a Juan Laurentiano Ortiz: «La intemperie sin fin», con Jorge Conti. De la revista Crisis N° 67, enero/febrero 1989, Buenos Aires.
La intemperie sin fin: una conversación con Juan L Ortiz
