Glauce Baldovin: la revolución que no fue

( Foto: Eugenia Cabral / Glauce Baldovin. Sala Obispo Mercadillo, Córdoba, 1988.)

En 1992, quien esto escribe publicaba un cuaderno literario: Imagin Era – La creación literaria. En el N.° 1 de septiembre, apareció una entrevista a Glauce Baldovin que titulé “… el ocho… es azul”, tomando una frase de su respuesta a la pregunta final. 

En la contestación a la primera pregunta, centrada en la relación literatura / sociedad, Glauce había definido así su postura:

“Soy contraria al individualismo. Lleva a que el hombre ni siquiera pertenezca como la oveja a un rebaño, se pretende que sea como una ostra encerrada (acompañada a lo sumo por miembros de su familia), entre rejas y custodiado por dragones (…). Yo quiero seguir luchando en contra de eso. Le pido perdón a mi vejez por no darle la paz prometida, hasta que no hayamos asumido la solidaridad como algo muy nuestro”.

Revista Imagin/era N°2

La creación literaria. Córdoba 1991.

La secuencia de batallas con el doble propósito de la literatura y la revolución socialista había comenzado en su vida desde muy temprano. Su paso por el Partido Comunista le había impreso marcas que ella intentó borrar asumiendo la ideología del Partido Revolucionario de los Trabajadores, pero seguían calando sus afectos porque parte de sus amigos y hasta familiares prosiguieron en aquel viejo partido. En la cronología que incluí en el dosier sobre la poeta, “Fotografías en sepia”, fue recorriendo algunos accidentes de su trayecto poético y político. De la mano de sus hermanos mayores, Alfio y Alcides (o “el Chungo” y “el Bochi”, respectivamente), había iniciado el periplo literario desde Mediterránea, la importante revista cultural que los Baldovin dirigían en los años 50. Junto a Juan Floriani, escritor oriundo de Río Cuarto como ella, había dirigido Vertical. Luego vinieron los años de residencia en Buenos Aires, donde participó de Hoy en la Cultura, dirigida por Héctor Agosti, desde 1962 hasta 1966. La publicación era el órgano periodístico del movimiento cultural del mismo nombre que congregaba a figuras de la talla de Haroldo Conti, Juan Gelman, Juan José Manauta, José Luis Mangieri, David e Ismael Viñas, Estela Canto, María Rosa Oliver, Norma Aleandro, Oscar Ferrigno, Mercedes Sosa, Diana Raznovich, Ugo Urquijo y Osvaldo Pugliese *.

(* Al parecer, aquí o Glauce tuvo un fallo en su memoria o, de lo contrario, cometí alguna torpeza al tomar la entrevista. En realidad, en 1961 es Pedro Orgambide quien junto a Raúl Larra y David Viñas funda la revista Hoy en la cultura, que da origen al movimiento del cual se habla, con la participación de los artistas nombrados y otros como Rubén Benítez, Marí Fux, Francisco J. Herrera, Luis Ordaz, Fernando Birri, Javier Villafañe).

Artistas pioneros de la animación cultural en los barrios, desarrollaban actividades en los galpones de las bodegas Giol, el edificio Warnes, en un sindicato en Villa Crespo y en el barrio de Chacarita. Recordó que dejaban organizados “grupos culturales formados entre los vecinos”.

El aire denso de la rebelión popular comenzaba a espesar toda languidez del arte y la cultura argentinos, a llenarlos de olores cotidianos, de pronunciamientos políticos. Era el preludio sesentista del proceso social que se desencadenaría en la década siguiente. Glauce siguió narrando: “En 1966, el golpe de Onganía secuestra el último número de Hoy en la Cultura y eso marca el fin del movimiento y, por ende, de la revista”. En 1965, se había producido su separación del Partido Comunista en el marco de la polémica abierta por la revista Pasado y Presente, de origen en Córdoba, impulsada por José Aricó, Héctor Schmucler y Oscar Del Barco. Relató que el procedimiento de separación partidaria se había cumplido mediante la “privación de (su) fuente de trabajo en la Capital Federal (una cooperativa), manera más sutil que la expulsión política”. El detalle absurdo era su costumbre de usar “medias de seda”*.

(*En realidad, no era ningún lujo particular de Glauce pues todas las medias femeninas de vestir todavía eran confeccionadas en seda, hasta que pocos años después se lanzaron al mercado las fabricadas en nylon, de precio mucho más económico).

Era un escándalo moral que desafiaba la moda estalinista de las gruesas medias negras de algodón, reminiscencia de la vestimenta de las mujeres pobres en la Europa del Este durante la Segunda Guerra Mundial. 

Atrás iba quedando la mágica infancia junto a su padre anarquista, amigo íntimo del escritor y guionista cinematográfico Ulises Petit de Murat, del poeta de San Luis Antonio Esteban Agüero y del chileno Pablo De Rokha. Remoto ya el festejo de sus 15 años engalanado con la presencia de Agustín Magaña, actor estrella del cine argentino. Extraños y distantes ya su devoción por Santa Teresita y aquellas sesiones de fantasía pianística ejecutando sobre la tabla de su cómoda, frente al espejo. Muy alejada de sus bodas con el doctor González en el Río Cuarto natal, cerca del tío trotskista, el periodista Luis Reinaudi. Ya era la madre de Sergio y Claudio. Pronto perdería a Sergio, secuestrado y muerto a manos del Tercer Cuerpo de Ejército mientras el muchacho cumplía el servicio militar obligatorio. Más tarde llegaría el infierno del alcoholismo, las internaciones psiquiátricas. La infausta pérdida y la enloquecedora soledad. 

Su ruptura con el Partido Comunista había señalado un giro político y literario. Durante la convalecencia de una operación de columna vertebral, enyesada e inmovilizada, hizo llevar a la clínica los manuscritos de sus poemas. Pacientemente fue rompiendo en pedacitos uno a uno aquellos textos de presunta “poesía social” confeccionados según el patrón del arte proletario estalinista (cuyo principal aderezo eran, al decir de Glauce, “la hoz, el martillo y la paloma”) y entregándolos a la mucama para que los echara al cesto, junto con los restos de gasa hidrófila y cinta adhesiva. No es un dato simple que a una cirugía de columna vertebral le siguiera una intervención de ruptura textual. La imagino en su “cama de yeso” -que tal era la denominación de la técnica traumatológica- como a esa ostra encerrada que, en 1992, se rehusaba a aceptar en calidad de símbolo de la condición humana. La supongo bregando por liberarse de los “dragones” y “rejas” para asumir la imitación de la gesta del comandante Ernesto Che Guevara.

El nombre de pila que su padre eligió para ella remite a una de las Nereidas, las ninfas del mar. También designa a un tono de verde por analogía con el agua marina: glauco. Y era el color de sus ojos. Aparte de ello, el diccionario informa sobre un molusco de color azul con reflejos nacarados, azul como el único número par que incluía entre sus preferencias. Decía en la entrevista:

“El uno es lila; el tres, rojo; el cinco, verde. El siete es amarillo dorado y el nueve, violeta. De los pares (que todos me parecen de un marrón arratonado), el único que me gusta es el ocho, que es azul”.

(Glauce Baldovin)

Esa fue su deliciosa respuesta a mi curiosidad por su elección de los números impares.

La magia, la soledad

A partir de la cirugía vertebral había decidido retomar el mundo mágico desde el texto poético, donde el nombre ocupa a veces una función simbólica, otras, metonímica. Da comienzo al “Libro de Lucía” con la enunciación de ese nombre:

“Lucía.
Con mi nombre hay una flor azul que llora  
y su lágrima  
larga y pesada  
me cae en las manos”.

En el año de la primera edición de sus poemas, yo integraba aún –desde 1981- el grupo Raíz y Palabra, junto a Susana Arévalo, Carlos Garro Aguilar, Hernán Jaeggi y César Vargas. Habíamos escuchado de su voz tantas veces los poemas en las sucesivas correcciones, la respetábamos, la admirábamos, pero verlos publicados fue un disparador más potente todavía. Al año siguiente escribí un poema cuyo título era su nombre y que permanece inédito, salvo en la carpeta Alguien llama, que publica Alejandro Schmidt. Ella, en cambio, había empezado a dialogar con la soledad. Tejía, cuidaba sus plantas, cocinaba sus sopas, acomodaba coquetamente sus muebles, sus almohadones, sus tapices. Y empezaba a mirar de frente a la soledad, a conversar con el fantasma. Produce precisamente Libro de la soledad:

 “I
Aún no sé cómo ha llegado a pesar de todos los años transcurridos.
Se sentó frente a mí.
Yo tejía una bufanda con agujas de metal blanco  
o de un gris casi blanco 
y me pidió que siguiera tejiendo.”
Dice entregarse mansamente a la visitante, huésped esperado desde siempre:

                        

Dice entregarse mansamente a la visitante, huésped esperado desde siempre:

  “II
Sin embargo supe 
desde siempre
que ella vendría alguna vez  
y fui preparándole su lugar en la casa”.
 

Pero a seguido adviene el gesto contrario:

  “VII 

Te has escondido 

(…) 

pero no te buscaré

no te llamaré como suelo hacerlo.”

El vínculo especular es contradictorio, el péndulo va y viene. En “De la Violencia, el Terror, el Despojo” su mirada se detiene sobre las máscaras que encubren una contradicción:

“VI

Está bien volver sobre uno mismo  

abrir las vestiduras  

asumir fríamente los errores 

la mezquindad 

los duelos 

la mentira para saber con qué se cuenta  

(…) 

y sin discursos 

sin máscaras  

sin siquiera volver la cabeza.”

Todavía más duro es el cuestionamiento que se lanza a sí misma en el canto IV de “El combatiente”:

“¿Quién me esperará en los confines de la patria  

sino aquellos mismos que abandoné en la tormenta?”

Culpa o responsabilidad, combatiente o madre, la deserción es el fantasma de aquel que debe rendir cuentas de su comportamiento en la batalla. Años de moral revolucionaria, años de literatura comprometida con la realidad, años de solidaridad con la clase trabajadora. Una escala de valores que ulteriormente será negada y renegada -en nombre de unas cuantas teorías sociológicas, semióticas, psicoanalíticas, filosóficas- por muchos sobrevivientes al genocidio perpetrado por la dictadura militar instaurada en 1976. Dicotomía del verbo y la carne, de la economía política y la cultura. Partición de la sangre y la palabra, pero Glauce era de los poetas que optan entre la observación externa del fenómeno (y su descripción atemporal) y la elaboración de la poesía como acto ligado al verbo en presente, por esta última. La primera opción se mantiene más cercana a las perspectivas formalistas que al ejercicio metafórico. La construcción de la metáfora es un ejercicio destinado a instalar un nuevo espacio verbal, imperfecto y violento a veces, pero fresco, experimental. La sociedad no prevé ningún espacio reservado para recibir la obra de un poeta o de un artista. Julio Cortázar afirmaba: “Yo no vengo a abrir ninguna puerta, vengo a traer la puerta” (he citado de memoria, pero si hubiera alguna diferencia con el texto original debe ser nimia). Acaso también ahí radique la “soledad”: en que no existe un banco en ninguna escuela, en ningún ministerio, tampoco ningún anaquel en la biblioteca de los docentes ni ningún cajón en el archivo de los eruditos donde en un previsor marbete se haya escrito el nombre del próximo poeta memorable. Tampoco una hipótesis sobre su obra. Él deberá llegar, trabajar e instalarse en la memoria colectiva como pueda. Digo que probablemente para indagar el significado de esta “soledad” no haya solo que hurgar en los conflictos afectivos y políticos de Glauce, en su desencuentro con el amor y con la revolución. La relación de causalidad entre procesos psíquicos y lingüísticos existen y aun alcanzan la analogía, pero los procedimientos lingüísticos se toman toda la libertad posible respecto del inconsciente, quieren disponer de las manos y de la voz, quieren alzar la arquitectura verbal de un libro de poemas pese, incluso, a las vallas interiores. El poeta está él solo con su palabra. 

“El combatiente”, figura mítica si la hay en Latinoamérica, título del periódico que editaba el Partido Revolucionario de los Trabajadores y el mismo de una sección de la edición de Poemas, sintetiza el accionar de padres e hijos, de muertos y de vivos, de revolucionarios y poetas: “Es en las tempestades donde se calma el corazón o se naufraga” dice al final del Canto III. Odisea y larga guerra. Esperanza y derrota. Expectativa y decepción. El combate implica -además de la violencia, el terror, el despojo– todas esas alternativas. En el Canto V dice:

“Porque no hay palabra que sobrecoja su muerte   

ni costa segura   

ni archipiélago que no pueda ser espejismo”.

Espejismo no es igual a espejo. El espejo sí puede sobrecoger a la muerte; el espejismo no es vida ni es muerte, es pura ilusión. De ahí no se vuelve, ya que nunca se estuvo. Sin embargo, los cuerpos denotan el naufragio, la revolución que no fue. ¿Cómo es eso? Probablemente Glauce quería que la soledad le respondiera esa pregunta. Esa fingida imagen (fingida en cuanto la soledad es ficción literaria en este caso), espejo y espejismo a la vez, nada resuelve porque nada llegó a término, porque la revolución fue abortada y la vida de un hijo se perdió, su cuerpo permanece inhallable como en los naufragios, su cadáver fue ocultado por los esbirros de unos semidioses resentidos y despóticos. Después, la farsa. La “obediencia debida” y el “punto final” instalando clausura jurídica sobre la boca eternamente abierta de la sepultura. Las preguntas de Glauce, en la etapa siguiente, serán lanzadas a los creadores poéticos. Escribe Libro de los Poetas. Preguntas sin respuestas y una revolución que no fue o, por lo menos, no fructificó durante la época en que les fue dado combatir a la poetisa y a su hijo desaparecido. 

El combatiente

Revista El Combatiente del PRT

Año 15 N°297 Octubre 1982.

Argentina, siglo xxi. Años que Glauce no alcanzó a ver. Los combates se libran a la luz del día, los combatientes envueltos en la bandera nacional, al ritmo del gong doméstico de las cacerolas y las escolares estrofas del himno patriótico, o coreando consignas a la luz de unas velas. Los jóvenes mueren en las plazas, en los puentes, en las calles, algunos sin haber pisado jamás el local de un partido político. 

Las causas de los asesinatos pueden ser futilezas, tales como una pelea a mano limpia, por cuestión de amores, que es interrumpida brutalmente por la intromisión de un esbirro despótico (¿cuándo no?), esta vez en nombre de la seguridad… de una discoteca. 

Niños y jóvenes siguen siendo las víctimas preferidas en la hecatombe del sacrificio nacional, como en Cartago. Los jóvenes muriendo violentamente, los niños en la quietud del hambre y la enfermedad. Acaso deba terminar este homenaje con el primer verso del Canto XI, el último de “El combatiente”:

“Oh la muerte inútil en las galerías subterráneas y el luto de las mujeres!”

Eugenia Cabral

(Texto originalmente publicado en el «Ciclo de homenajes a escritores de Córdoba«. Municipalidad de Córdoba, Dirección de Cultura, Departamento de Letras y Teatro. Córdoba, 2005)

Nota del editor: este es un poema de Eugenia Cabral dedicado en vida, a su amiga y compañera Glauce. El poema obtuvo el 3.º Premio del concurso nacional del diario El Liberal, de Santiago del Estero en 1989. Fue publicado en su libro “Tabaco”, de Editorial Babel. Córdoba, 2009.