«Sección Córdoba Esquina» Alejandro Schmidt

El trabajo invisible /desde la esquina Parajón Ortiz

En la larga noche neoliberal de los noventa, se alzaban algunas experiencias que difundían el trabajo subterráneo del pensamiento y la acción en pequeñas editoriales, que como células recorrían el cuerpo social. Estas experiencias de revistas y grupos se sumaban a una larga historia. Entrado el milenio, darán vida al oficio sinuoso de escritores y poetas, de editores, editoras que intentan organizar una fuerza adormecida.

Un nombre y una experiencia: Alejandro Schmidt, atravesó ese tiempo con la lucidez de la solidaridad, dando a conocer con las carpetas de poesía argentina “Alguien llama” y su editorial “Radamanto”, el trabajo silencioso y amoroso de vidas regadas en la amplia geografía de la creación. Mantuvo, a través del correo postal, a las voces más distantes en contacto y en movimiento.

Alejandro Schmidt, foto de 1998. Gentileza de Rodolfo Schmidt.
Parajón Ortiz 696, ciudad de Villa María, Córdoba. Foto del álbum familiar.

Nuevo milenio, poesía y después…

Hacia un final de siglo, acabado el proceso menemista, no sus consecuencias y saturado de un individualismo que nos sumergía en una alucinación social; me hallaba ante situaciones nuevas y realidades sostenidas en el tiempo. Encontré, por un lado en el poema, el único ejercicio para fortalecer mis músculos y enfrentar a la intelligentzia nacional que desconoce de lo que habla cuando pide esfuerzo o exige paciencia, donde solo hay cansancio y malos tratos. Los mismos que suelen publicitar el futuro como una obligación social, son los que toman sol en playas exóticas y transfieren sueños a paraísos fiscales. Caminaba un país que subyugaba espíritus y conciencias con el desguace de las empresas públicas, por una idea mundialmente yanqui que solo cree en lo que otros tienen y ellos necesitan.

El poema me decía que la realidad es previa y múltiples las relaciones de los elementos; que podía diferenciar entre la traición y la risa idiota.

Las promesas incumplidas suelen engendrar deudas, con la particularidad muy argentina, que esas deudas se traducen siempre en dólares.

Tenía 27 años y una educación sentimental que repetía en mi oído interno: todo es más liviano entre varios y por eso mismo junto a Fernando Bellino, Fabricio Devalis y Sebastián Casartelli, después de un año cargado de amistad creciente y movilidad intelectual, abrimos un gimnasio espiritual en la ciudad de Córdoba. Formamos un grupo novísimo de poetas (pensionados por la belleza y el sentido que se escapa por los techos del deseo) que bajo el nombre de “Pan Comido”, pasamos a ser la mínima expresión de un esfuerzo colectivo y argentino, ante la sorpresa de Francis Fukuyama y su flirteo, chamuyo, sobre el fin de la historia o la desaparición de los estados nacionales. 

Ayer como hoy escuchamos cansados que las crisis generan oportunidades, pero sin dinero solo queda el trabajo a destajo y la conciencia de clase, los rastros insalvables de las estadísticas y la suerte que es serena y distante. Las discusiones eran pequeños fuegos que reunían lo poco que andaba suelto. La memoria fue una incomodidad y la historia una verdad quemante o dos relatos (gato por liebre). Todo era dominio de la economía que solo supo multiplicar problemas. La política, las relaciones de intereses, no fue el argumento sino la coartada del poder mediático que manipuló (y manipula) sus efectos y consecuencias.

Alguien llama

Lo menos cierto, lo increíble, siempre ocurría lejos. Las noticias no llegaban. Llega el testimonio de hombres y mujeres. 

Un jueves del mes de abril de 1998, como todos los jueves desde mediados de febrero, sobre la tarde cuando el sol se alejaba de nuestras preocupaciones, nos juntábamos en la calle Ituzaingó al amparo de una casa en desuso que nos permite centralizar las reuniones y aprovechar el tiempo. Ahora la casa está habitada para la felicidad y el encuentro. Allí recalaron un tiempo Fabricio y Karina. La casa dejaba ver en sus dimensiones un pasado ligero de preocupaciones. La imagen de un país sin sobresaltos. Tenía al ingreso un salón mediano de 30 m2 con una chimenea en planta baja y un garaje. Una cocina modesta con un pequeño patio por donde las primeras luces del día daban la bienvenida, junto a una parra descuidada por los años. Algunas habitaciones en planta alta, varios baños -uno con bañera- y una terraza con asador que incitaba a las reuniones prolongadas. En la terraza, la parra extendía sus ramas desde el suelo y protegía con un techo verde, cuando la estación dejaba, las conversaciones más elementales como los sueños más peligrosos. Estábamos poblando una casa abandonada, exigiendo respuestas al vacío que se apoderaba de todo en piloto automático. 

Esa tarde, Fernando nos trajo la noticia de un encuentro de lectura y difusión editorial en predios de la Universidad Nacional de Córdoba. Habló con sorpresa y encantado de alguien que ya estaba en camino, que abrazó la tarea de hacer correr la voz sobre los pequeños acontecimientos que a veces dan alivio, otra vez organización, mayormente asombro desmonetizado.

La sorpresa en cuestión era Alejandro Schmidt, un poeta y editor de Villa María. Fernando fue contenido por el ímpetu de Alejandro: sus poemas y libros. Hablaron, intercambiaron miradas, consideraron el clima. Dejaron en espera al tiempo. Fernando cayó con alguna carpeta de poesía “Alguien llama”, otras “Plaquetas del herrero” y muchas noticias. Traía también una invitación y una promesa: ir a la casa de Schmidt. La invitación nos pareció un gesto de generosidad y consideración que destilaba cualidades políticas y poéticas que luego intentamos sostener en el tiempo. 

La primera actividad que haríamos como grupo, hacia afuera, era un viaje al interior del interior, como solía decir Alejandro, al centro del universo, esquina Parajón Ortiz.

Encontramos que el modo de ir hacia el futuro era en la profundidad de un sueño hecho realidad: contagiar esperanza y absolutos: hacer política, escribir argentina. Al viaje decidimos hacerlo en tren. El tren que atravesaba y comunicaba las zonas más inhóspitas y alejadas de los centros. El tren que constituyó el germen de todo lo que llamaríamos argentina y ahora también estaba en crisis: alquilado o vendido. Veíamos en la elección del tren un gesto que se ajustaba a una poética, a contramano de un tiempo que encontraba en la novedad y la velocidad un valor.

Entrada la noche, llegamos a Villa María. Fue a mediados de septiembre cuando el verano aún no se instalaba pero el movimiento de personas en la estación querían dejar atrás la temporada de frío. Fuimos hacia la calle Parajon Ortiz. Bajo otro cielo: el mismo país.

La humanidad se hizo presencia en la persona de Alejandro y su compañera Mónica, y en su pequeño hijo Rodolfo. Nos recibió con un abrazo sin medida, fraterno. Conversamos de nuestras posibilidades de editar, sobre qué estábamos pensando. Mientras, su entusiasmo nos conducía, una comida aparecía ante nosotros. Comimos y reímos. 

Luego, por un momento, descansando en el patio de su casa donde un pequeño árbol mostraba su señorío bajo la luz de la luna, la voz de Alejandro conmovió la noche. Tal vez la compañía. El hijo sentado a un lado, la luz que solo sabe abrirse paso trajo a la memoria de Alejandro a su padre. Mencionó la infancia y algún rigor, cierta alegría. Ese fue el único momento que no habló del todo con nosotros. Compartió una riqueza que aún perdura. Allí mismo, posiblemente en otro encuentro, Alejandro fue claro: la duda, solo en el poema.

Encontramos en esa compañía, en la conversación, el pulso materializado de una tarea que se construía con esfuerzo y perseverancia. Se hizo visible una posibilidad. Desde aquel tiempo, frecuentamos la Argentina, lo posible. Atravesamos la vergüenza de un país que reducía las ventajas, alentaba la soja y sembraba el monopolio. 

Tapa del primer número de «El gran dragón rojo y la mujer vestida de sol» Revista de divulgación literaria. Año I, número I, mayo de 1987.

Velocidad y correspondencia

El regreso a casa no es tan definido en la memoria porque el viaje hacia lo nuevo, su intensidad, cala más profundo. El cansancio y la alegría hicieron su trabajo. 

Volver supuso conectarse con realidades difusas y silenciosas, sostenidas por el esfuerzo de hombres y mujeres que siempre han estado al servicio de la memoria y la belleza, el conocimiento.

Alejandro, llenó nuestras mochilas de libros, revistas, plaquetas, fanzines. Nos entregaba en ese acto la posibilidad de establecer relaciones con esos mundos dispersos. El trabajo invisible se dejó ver en la variedad de los materiales con el que volvemos a casa.

Quedaba en nosotros agrandar los círculos, generar lazos. Del único modo posible: el correo postal: el pase magnético. En ese tiempo la web era una promesa. 

Con su “ediciones radamanto” (1992-2007), dirigió las colecciones “Alguien llama” carpetas y cuadernos de poesía argentina; “Palabra sola”, pliegos de poesía mural; “Plaquetas del herrero”. En esta tarea conjuró la memoria trayendo algunos nombres: Edgar Bayley, J. L. Ortiz, Bustriazo Ortiz, edith Vera, Ricardo Molinari y poniendo a consideración otros, quebrantando el silencio instituido por la dictadura y sus socios con la cultura argentina. Allí dio lugar no sólo a poetas de la Argentina sino de América Latina. Rescatando la solidaridad que pervive en todas las poéticas. Así nos legó la posibilidad de conectarnos con otras fuerzas dispersas. Se vienen a la memoria Eduardo Dalter y su revista “Cuadernos Carmín”; Cesar Cantoni, poeta platense que nos hace notar la presencia de un libro que presenta a cinco poetas platenses a través del esfuerzo de Ana Emilia Lahitte. Allí aparece con fulgor Néstor Mux y con el tiempo la revista “El espinillo”, que creció en la ciudad dando sombra y voluntad.  Otro nombre citado con ardor por Alejandro es Rodolfo Alvarez, de Junín provincia de Buenos Aires, que traía atado a su cuerpo la clara sombra de Emeterio Cerro. Conocimos la voluntad fraterna de María Teresa Andruetto y el desinterés de Luis Benitez, poeta y difusor, lector voraz de cuanta producción aliente el diálogo y una conexión con la larga tradición poética argentina.  

Desde allí la voluntad esparcida de hombres y mujeres por mantener abiertas las posibilidades y entregar una dimensión alterada de lo real, más fiel, seguramente de nuestras preocupaciones.

En el verano de 2013, en su casa de Villa María, hablando en su escritorio sobre los últimos momentos en la edición de su libro, “La impropiedad”, finiquitando asperezas y malentendidos, me invitó a almorzar. Momentos antes me dió unos libros suyos editados recientemente. Después de firmarlos saca un cuaderno y anota esto mismo: qué libros entregaba y a quién.

Me comenta que todo es anotado. Confiaba en el registro. Deja su memoria para cosas más importantes. Ya en la mesa, ejerció su rol de anfitrión y por momentos fui el centro de todas las preguntas: mi origen, mi ascendencia, mi forma de escribir. No habíamos tenido la oportunidad de hablar. La curiosidad también alimentó esa mesa.

Encontramos algunas similitudes y recorridos. Una pequeña camaradería nutrió la conversación. En la sobremesa, relajados, dimos paso a comentarios de lo más intrascendente. En un momento sin mediar nada me dijo, no como un secreto: Aquí no hay recompensa. 

Foto gentileza R. Schmidt

ALGUNOS POEMAS

Chico

al chico que ponen en un rincón
pasa el padre y le pega
pasa la madre
los hermanos
le pegan
lo sacan a la calle
atado
a la escuela
a la hamaca
atado
le dan juguetes
de cartón
camperas
zapatillas
de cartón

le riegan la joroba
raspan sus ojos
le escriben
puto-gorreado
en el corazón

el chico
que hizo puentes
caminos
torres
y
apretó los dientes
se levantó
pudo o no pudo
pero
que hierro
que tiniebla
se mordió

al chico que abrazo
cada noche

mi chico
mi chico

yo

De «Esquina del universo»

Cómo corregir un gran poema


hunda alfileres en palabras grandes
observe cómo se retuercen

si concluido el poema, se levanta y anda…
borre caminos
destruya el puente

eluda al poeta profesional
profundice su error…

Orgullo, orgullo.

Enamore la vacilación,

su ahogo

eche al fuego
imprima las cenizas.

De «La impropiedad»

38. la bruja

Enfermera:

pienso intensamente en una piedra

y ocurre que allí

tropiezas y te caes,

pero su materia,

casi siempre es mi corazón.

De «El Patronato»

Leyendo el poema a la duración de Peter Handke

en un bar de la ruta
el diario local
en la vereda la gente esperando sus
colectivos

los ruidos de la máquina de café
un grillo es la mañana
y habrá insistido, acaso,
desde el alba

la lluvia
el cielo inmóvil

Henri Bergson
toca el tiempo cierto
único
de la conciencia
de la intuición

el único problema
es el problema del tiempo
la única solución
las cosas eternamente insignificantes
mi bolso verde
mi casa
mi vida personal
la cartuchera llena de puntas para hendir
esta hojarasca, monólogo, vacío

entre comillas: eternamente

la lluvia su reflejo arrastrado por
camiones serenos
con vacas, piedras
con pedazos de mundo
hacia Rio IV, el Cuyo, la nada

yo espero
lo poco que alze sobre la tierra espera
el centro de la espera es
la duración

el resto sucede

Alguien cruza la calle
otro sostiene su paraguas, firme
descripción
acumulación
torpeza
ignorancia

aquí
tampoco estoy atento
tampoco duermo

no la vida y sus actos
ni el sentido de la representación

sino los tablones del viento
un gesto del hijo
(¿cómo te describía mi paternidad, querida?)

hallar un clavo
pedir una cerveza
allí, la duración,
ni lo oscuro
lo profundo
ni el sueño romántico
tus caricias, la lucha.

Peter Handke sabe cuál es el centro del
mundo
no su mundo
su poema
Austria, Villa María, el espíritu de los tiempos.

Distraído
ajenos las puntas de mis dedos
al balbuceo;
un ruido,
una cereza libre de sí

viene el mozo
pago
estoy despierto
profundamente sueño.

De “Como una palabra que pudiste decir»

24 de marzo de 1976

Yo estaba en una pensión en Tablada al 40
yo dormía
yo me levanté a las 4 de la mañana
y encendí la radio
yo escuché: comunicado número tanto
y una música maravillosa
me quedé quieto
atento al orden de los comunicados
a esa voz de la patria.
A las 6 se fueron levantando los compañeros
yo me asomé al balcón
un colimba me miró desde la esquina
se veían tanques en el puente
miré para otro lado
al Mercado, los camiones
yo no tuve miedo
yo no hice nada
ni entonces, ni después

yo no era nadie
yo vivía colado ahí
los muchachos trabajaban en el Mercado
yo leía a Gurdjieff
yo vendía la guía de Córdoba
en la Cañada
yo andaba pelado y descalzo
yo tenía un suegro militar
yo tenía 21años
un bolso y un cepillo

yo tenía todo el fracaso que llegó
yo tenía que ir hacia la nada
y allí fui.

De «Videla»

biobibliografía

Algunos de sus libros

“Serie Americana”, edición de Autor. Villa María 1988. Ilustrado por Roberto Babalfi (tapa-montaje fotográfico). “El Diablo entre las Rosas”, Editorial Libros del Empedrado, Bs. As, 1996. “Como una palabra que pudiste decir”, Ediciones Radamanto, Villa María 1998. “El patronato”, Llanto de Mudo Ediciones, Córdoba, 2000. Ilustrado por Federico Rübenacker (tapa e interiores-técnica tinta). “Esquina del universo”, Alción Editora, Córdoba 2001. “Oscuras ramas”, Ediciones Radamanto, Villa María 2003. “Llegado así”, Ediciones Recovecos, Córdoba 2005. 

“Videla”, Ediciones Recovecos, Córdoba. “Romper la vida – Antología Existencial”,  Editorial Nudista, Cosquín, Córdoba 2013. Con prólogo de Irene Gruss. “La impropiedad”,  Pan Comido Ediciones, Córdoba 2013.  “Alejandro Schmidt”, Hilos Editora, Bs. As. 2019. “Sissí”, Editorial El elefante negro, Bs. As. 2021 (libro póstumo).”Comienza su secreto”, Editorial Apócrifa, 2022 (libro póstumo). Celebramos la reciente publicación de su «Poesía Reunida 2006/2026», Editorial Cartografías, Cba. 2026. Un volumen de 810 páginas que recupera 16 libros de su obra.

Páginas y blogs del autor

Romanticismo y verdad / Palabra argentina / La rosa y el cordero

Tolerancia cero / No /Átomos

Uno más uno Eternidad / Taurus / “Romanos 14:12”

Razón y persistencia / 3 de Mayo / Romanticismo alemán

y el finísimo y extraño Cuestionario Schmidt.