Palabras que cantan: la Música del Lenguaje Escrito

«Armonía», 1956. Cuadro de Remedios Varo (1908-1963)

Exploraciones

por Darío Valle*

Cada signo escrito evoca su sonoridad

Múltiples modos de decir, de escribir y de comprender la palabra “amor”. Un compendio que ilustra la sorprendente riqueza de formas, sonoridades e imágenes que la lengua escrita y hablada ha tomado en las distintas geografías y que ahora nos invita a imaginarla, a sensibilizarse, a descubrir su musicalidad.
La palabra escrita nos evoca su sonoridad y esa es precisamente su musicalidad. Cada palabra tiene identidad propia. Para escribirla establecemos una serie de diseños, como notaciones propias de ese lenguaje. Cada signo escrito se vale de fonemas – precisos en cada idioma – que siempre se expresan con un ritmo, una altura y un fraseo definidos.
Vale como ejemplo la experiencia que el magistral guitarrista Steve Vai, materializó en su obra “So happy”. Aquí el músico toma la conversación que una mujer mantiene por teléfono y la traduce en las alturas y la rítmicas propias del discurso hablado. Los invito a escuchar (se pasa un fragmento de la grabación). Nada mejor que ilustrar con hechos:

La palabra hablada es música: somos música

La conversación humana no puede evitar un eje melódico, pues existen sonoridades más agudas o graves. Tampoco está exenta de un ritmo propio, al cual aportan los sonidos llamados ruidos, y los acentos. Presenta además aspectos del fraseo musical, determinado por las expresiones del hablante, por su distribución del aire en la propia caja y por la sonoridad cultural y familiar que configura su vida cotidiana, su ser en el mundo.

Hay clara evidencia de que la palabra hablada es música: somos música.

Esto rompe con el paradigma tradicional, según el cual muchas personas que hablan no se animan a cantar, suelen avergonzarse de hacerlo o bien se justifican, alegando que para entonar es necesario estar especialmente dotado. Mi interés es compartir la siguiente premisa: avanzar en una “cirugía” que nos permita desentrañar qué lugar ocupa lo melogénico – aquella sonoridad que nace directamente de la palabra o musicalidad del habla – en el discurso literario.

Para ello, es necesario partir de la génesis del lenguaje. 

En los bebés, durante sus primeros meses de vida, encontramos expresiones como llantos y balbuceos que responden a los sonidos del entorno. Esto es una clara señal que el recién nacido oye, pero más aún: escucha y aprende del contexto sonoro mucho antes de hablar.

La lectura como un acto de introspección sonora

Eino Partanen, establece que el lenguaje temprano que aprende el bebé reviste características musicales. Estos infantes parecen usar los acentos de las palabras y los cambios de tono como rasgos prosódicos del lenguaje. Asimismo, las melodías son mejor aprendidas cuando son vocales (cantadas), antes que instrumentales.

La imitación es posible porque el primer componente al que prestan atención los bebés es la melodía del lenguaje. Y allí se instaura la prosodia, que es el ritmo y la entonación del lenguaje hablado. Cada idioma tiene su propia prosodia.

Ahora bien, el pasaje del lenguaje hablado a la representación escrita se produce a través de una construcción que va más allá de “una colección de informaciones”, como sostiene Emilia Ferreiro. La escritura involucra la adquisición de un nuevo objeto de conocimiento a través de complejos mecanismos de las estructuras mentales.

En términos de la Psicología Genética, podríamos decir que la escritura es una construcción de orden simbólico, que da cuenta de la interiorización de la acción oral, manifestada en la representación de gesto escrito.

Así, se traza una analogía entre la experiencia sonora de la ejecución y su traducción en la escritura musical.

Hasta aquí, el énfasis en la semejanza entre las palabras y la música. Pero ¿hay diferencias entre ellas? ¿Se puede diferenciar el lenguaje oral y escrito de la música? Murray Schafer aporta claridad en este punto, al señalar que el Lenguaje es comunicación debido al uso de combinaciones simbólicas entre fonemas y letras, llamadas palabras, mientras que la música también es comunicación, pero a través de combinaciones de sonidos y objetos sonoros.

El Lenguaje es entonces sonido como significado; la Música es sonido como sonido. El Lenguaje siempre es referencial, en tanto que la Música no se refiere más que a sí misma.

Las palabras son símbolos que aluden a alguna cosa. El sonido de una palabra simplemente opera como un medio que se dirige a otro fin. En el lenguaje escrito, esa sonoridad está presente en la interioridad de quien la lee. Externamente es silenciosa: es el lector quien le otorga su musicalidad. Podemos entender a la lectura como un acto de introspección sonora.

En la medida que los sonidos se comprendan y evoquen algo, estaremos en el territorio de la palabra. Pero si vamos anestesiando las palabras y permitimos que su sentido se adormezca, arribaremos a la geografía de lo musical.

Los idiomas pueden devenir música para quien no comprende su significado. 

Del mismo modo se acerca a lo musical un poema que se apoya en la cacofonía, como en el caso de este Soneto de Quevedo:

“Con testa gacha toda charla escucho,
dejo la chanza y sigo mi provecho;
para vivir, escóndome y acecho,
y visto de paloma lo avechucho”.

O un mensaje que destaca algún aspecto suprasegmentario de la lengua:

“Tengo miedo”: (lo digo a carcajadas).

“Son las 10 de la mañana” (y lo digo con intensidad e imperativamente).

También el poema del dadaísta Kurz Schwitters, que nos aleja de las reglas de sentido   semántico o sintáctico:

AN ANNA BLUME
O du, Geliebte meiner siebenundzwanzig Sinne, ich
liebe dir! – Du deiner dich dir, ich, dir, du mir. – Wir! 
(¡Oh tú, amado de mis veintisiete sentidos, te amo! 
– Tú tuyo tú tú, yo, tú tú yo. – ¡Nosotros!)

La exploración de la palabra como pura materia sonora encuentra un hito en el Dadaísmo, movimiento de vanguardia que buscó romper con la lógica racional y el lenguaje burgués. En este contexto, el poeta y artista Kurt Schwitters llevó la musicalidad del lenguaje al extremo, evocando una «sonata de sonidos fundamentales» donde las palabras se descomponen en fonemas sin sentido semántico, funcionando exclusivamente como percusión y melodía vocal, transformando el poema en una partitura fonética pura. 

O en este otro poema, que juega con la música cacofónica de la repetición:

Cada vez que se quiebra la cadena

Cómo comemos la palabra como perros con miedo cobarde del combate con el hueso
que con o sin razón cobija algo de carne siempre
claro que así somos carboncitos calentados y no calor
cumplidos comensales que comemos quejosos la comida que nos ponen como con pena
chiquita culpa en la costilla de la Eva cardinal o del Adán confiable que convidan a
cada quien su cocotero cocotera su cuenta cuento sin que siquiera nos caiga la cólera
calandria chicotazo contraviento y marea campana o comunión
conque ninguna palabra entonces se come en compañía
y así sucede que nos cagamos todos y la caca la caca es caca y nada más
después cada cual sabrá cómo caer o no en el contagio
cada vez que se quiebra la cadena y caracoles que se quiebra.

(Fernando Bellino)

Música: sonidos con intencionalidad

Entonces, frente al dilema de la importancia de comprender el contenido, podemos afirmar que a medida que el lenguaje se aproxima al canto, el significado tiende a diluirse.

Nos encontramos en una gradación en la que los extremos definen, por un lado un máximo significado – dado por el lenguaje oral y escrito – y por el otro, el máximo sonido del que se apropia la Música.

Entonces: ¿deberían la Música y el Lenguaje ser mutuamente excluyentes?

Para responder, recurriré a una definición de música que he construido en diálogo con la propuesta de John Cage. Este genial compositor estadounidense revolucionó la concepción de lo musical al postular que “todo es música”. Para Cage, el silencio no existe como ausencia, sino como un espacio lleno de sonidos. Su pensamiento invita a escuchar el mundo y el lenguaje con una «atención abierta», donde el ruido, el azar y el sonido de la palabra tienen el mismo valor que la notación musical tradicional. En la siguiente entrevista para su documental “Écoute”, Cage explicita cómo un entorno sonoro puede constituirse en musical: 

En esta línea, la Música son sonidos, sonidos alrededor nuestro. Son sonidos con la intención de que estos sean música.

En definitiva, mientras nos concentremos en el significado de lo que leemos o hablamos, esto será Lenguaje. Pero si alguno decide danzar con la sonoridad de la voz, tomando como eje el fraseo, el ritmo de la lectura, los acentos, las alturas, el timbre o la intensidad de la voz, ese mismo discurso será Música.

Esta es la maravilla de las Artes: nos permiten un acto lúdico de presencias y ausencias, donde cada uno decide con qué Lenguaje expresarse: el Lenguaje Hablado o Escrito, o el Lenguaje Musical. Ninguno es excluyente.

Bienvenidos a este juego.

* Darío Valle es musicoterapeuta, director de Coro y psicopedagogo.
Alta Gracia / Marzo 2026.